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4.3 Gripe A-nsiedad: Doña Tensíon y Don Preocupación

Preocupación y tensión, las dos consecuencias de la ansiedad que debemos aprender a manejar, para comenzar nuestro proceso de inmunización.
Para ello debemos saber que necesitamos de un esfuerzo propio para desterrar pensamientos erróneos , aunque muy arraigados en nuestras creencias, y armarnos de fortaleza para demostrarnos que ante situaciones que nos dan miedo, podemos aprender que no es necesario asustarnos.
Realmente no hay nada de lo que preocuparse, aunque llevemos muchos años creyéndolo. Solo enfrentándonos a esas situaciones podremos superarlo.
Lo que ocurre es que solemos poseer, una manera de pensar que dificulta el proceso de autoayuda.
Tenemos la creencia de que es más probable que ocurra un evento negativo y poseemos por naturaleza un pensamiento catastrófico de interpretar lo peor de todo, incluso de acontecimientos que no son importantes.
Y si hay algo claro es lo siguiente, es muy improbable que se cumpla lo que tememos, y además nos ciega de poder plantear otras alternativas más reales y positivas.

La ansiedad puede instalarse en nuestra mente de dos maneras.

Una de manera generalizada, absorbiendo todo nuestro alrededor y que nos hace sentir las situaciones como de constante peligro. Tiene unos síntomas claros, y de una manera o de otra, la padecen una gran número de personas de nuestra cultura occidental:
Incremento de la tasa cardiaca ( taquicardias), tensión muscular ( contracturas y dolores en la espalda y nuca), irregularidad respiratoria ( falta de aire o hiperventilación), y todas las consecuencias que en la salud, tiene el mantenimiento del problema y que ya hemos hablado.




Otra manera de padecer la ansiedad, es de manera concreta, padeciendo miedos irracionales o en algunos casos fobias. Significa una preocupación y miedo excesivo, por ciertas situaciones o estímulos, más o menos cotidianos, y que ante su aparición o exposición producen de manera rápida y elevada los mismos síntomas que la ansiedad, llegando en algunos casos más graves, a condicionar la vida de la persona alrededor de esa situación.



La actualidad fomenta la medicación con fármacos ansiolíticos, tan recetados en las consultas de atención primaria como el paracetamol, por supuesto son de mucha ayuda para evitar esos síntomas tan críticos.

Lo que ocurre es que nos evita aprender las herramientas necesarias con las que manejar nuestra ansiedad, dependiendo en muchos casos de por vida de ellos, para actuar ante ciertas situaciones.

Esas herramientas están en nosotros mismos, aunque no las conozcamos, lo importante es descubrirlas, y encontrar los beneficios, mucho mayores y con menos efectos secundarios que la medicación.


Vamos a intentar destapar algunas de ellas:


Saber decir no.

Como hemos hablado en la asertividad, aprender a que no podemos abarcar ni comprometernos, con situaciones que nos sobrecargan, es el primer paso para no desbordarnos o desdoblarnos con actividades que exceden nuestras propias capacidades, y nuestro tiempo real. El día tiene veinticuatro horas, no podemos estirarlo, y dentro de esas veinticuatro horas, es obligatorio un tiempo de descanso, otro tiempo de destinado al ocio, y otro tiempo dedicado a nosotros mismos. No nos olvidemos de cuidarnos, de escucharnos, de alentarnos. Corremos el peligro de abandonarnos a nosotros mismos, con las consecuencias tan negativas que eso tiene para nuestra salud mental.




Organizar nuestras actividades.

Parece sencillo con las agendas y las nuevas tecnología que nos facilitan esta planificación, pero la realidad es que según despertamos nos enfrentamos a un día maratoniano. Varias actividades a la vez, se agolpan en la misma casilla destinada para un hora concreta de nuestra agenda.
La realidad es que no somos superhéroes, que vuelan de un lado a otro, sorteando atascos, retrasos varios, y contratiempos propios del día a día.
Lo importante es adelantarnos nosotros a esos avatares, para no vernos manejados por infortunios que incrementen nuestro malestar y nerviosismo. Ser realistas y planificar solo aquellas actividades, que siendo sinceros y consecuentes, podremos llevar a cabo. No deberíamos terminar el día, como si realmente hubiéramos corrido un maratón, con la sensación de que mañana, irremediablemente, correremos otro.

Ser flexibles.

No pasa nada, porque algo de repente pueda cambiar nuestros planes, que estaban perfectamente cuadrados. Si por alguna circunstancia tuviéramos que modificarlos, se modifican y se pospone la actividad. No intentemos meterla con calzador y a presión, solo porque así estaba planificado.
Las cosas no son inamovibles, y siempre habrá algo del día de hoy que se pueda dejar para mañana. Cuanto daño nos ha hecho el famoso refrán....

Auto observarnos, conocernos.

Saber que cosas son las que especialmente nos tensionan y desbordan el límite de nuestra paciencia. Si hiciéramos este ejercicio, descubriríamos que situaciones son las que mayor malestar nos generan: Tener que presentar un informe al jefe, discutir con nuestra pareja por problemas domésticos, luchar con nuestros hijos para que acaben sus deberes, y un sinfín de acontecimientos, que van incrementando la tensión.
Estos son hechos aislados, pero que los sumamos dando un resultado muy elevado de gravedad.
Analizar cada problema por separado, nos dará la perspectiva que necesitamos para saber que ni era tan grave, ni debía preocuparnos tanto.


Pensar en positivo no en negativo.

La negatividad nos limita y nos abruma, incluso antes de que ocurra. Nos merma las fuerzas para enfrentarnos a cualquier situación, si pensáramos en positivo, sin miedo, y con la confianza de que las cosas saldrán bien, ya habremos recorrido el 50% del camino.
Aliviemos nuestra carga, a nadie se le ocurriría querer subir una montaña, con una mochila llena de piedras.

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