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36. EL VIRUS DE LA INMEDIATEZ


                         



Sabiendo de antemano, el tema sobre el que voy a escribir, me encuentro desde el principio, con una sensación tan familiar como incómoda, de "prisa" por terminar.

Todo lo que hacemos, lo hacemos para acabar, para llegar, para conseguir....perdiéndonos en el camino, la verdadera satisfacción del proceso.


La cantidad de obligaciones y responsabilidades a las que nos enfrentamos, nos hacen valorar solo aquello que es práctico, con lo que obtendremos una gratificación de cualquier tipo. La cola de la caja en el supermercado o el atasco en la ciudad, nos parecen situaciones intolerables, al lado de todas las cosas que tenemos que hacer.  

Por ello, la impaciencia, se convierte en un veneno, que nos intoxica poco a poco, produciendo un estado continuo de nerviosismo.


Vivimos en el mundo de lo inmediato, si algo quiero, lo quiero YA y saber esperar nos parece un suplicio, que muchas veces no estamos dispuestos a soportar, tirando la toalla antes de tiempo. No fue mala suerte, ni que no pudieras conseguirlo, lo que ocurrió es  que te rendiste.

Hay muchos estudios, sobre la diferencias entre las personas que saben esperar la gratificación a largo plazo y las que necesitan la recompensa inmediata, de hecho, en los niños que saben esperar, se puede preveer, que tendrán mejores resultados y sus vidas serán más satisfactorias en el futuro.

El miedo de muchos padres a que sus hijos, puedan traumatizarse si no consiguen algo de manera inmediata, es infundado. Los niños que aprenden desde pequeños, que el mundo no siempre nos facilita las cosas, y que el esfuerzo es directamente proporcional a la satisfacción, tienen más capacidad para adaptarse. Y la adaptación es un proceso vital, para el desarrollo de cualquier persona.


Practicar la paciencia,  es un ejercicio necesario, para mantener el autocontrol y la autoconciencia.

Es importante, que sepamos "estrujar" el presente, disfrutar del devenir y la evolución de las cosas y situaciones, e incluso de nuestros propios estados emocionales, dejándolos fluir.
La emociones se vuelven disfuncionales, cuando pretendemos manejarlas o evitarlas, retroalimentando en muchos casos el malestar.


Paremos un poco el ritmo, vamos a detenernos en lo que SOMOS, no en lo que tenemos o hacemos, y disfrutemos en el camino, sin prisa por llegar.

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