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7. Gripe A-dios




La palabra adiós, la unimos comúnmente a una sensación de perdida, de rotura. Algo que formaba parte de nuestra vida y ha desaparecido.
El sentimiento que normalmente nos produce es tristeza y desolación.


Hay muchas maneras de decir adiós y dependiendo de cómo lo digamos y de cómo afrontemos el momento, nos producirá unas consecuencias u otras.

Debemos saber que la vida nos deparará muchos “adioses”, de hecho, cada momento es una adiós a ese instante que yo no volverá.

Hay momentos tan especiales que nos gustaría poder sostenerlos en nuestras manos para que nunca desparezcan, pero todo es efímero y pasajero, y aceptar eso, es el primer paso para no quedar atrapado en la melancolía, inicio de la angustia y la aflicción.

Los melancólicos son personas que andan hacia atrás, de espaldas al futuro, mirando hacia el pasado.
“ Cualquier tiempo pasado fue mejor”, es una célebre frase de las coplas de Jorge Manrique pero no debería ser así. Pensamos eso en el presente, cuando conocemos las consecuencias, la manera que hemos tenido de afrontarlo, cuando hemos podido compararlo y hemos desligado la paja del heno, lo positivo de lo negativo.




Gracias a nuestra capacidad de abstracción y de nuestra memoria selectiva que divide lo bueno de lo malo, las conclusiones que sacamos de ciertas experiencias, suelen estar simplificadas por la sensación que nos dejaron.

Si el recuerdo y el sabor de boca de aquellos momentos es positivo , olvidaremos de manera automática los detalles no tan buenos.
Por otro lado si el recuerdo es negativo, no podremos recordar, que también aquellas experiencias tuvieron delicias y placeres, y sobre todo tuvieron una parte inestimable, de experiencia y riqueza personal.

Todo nuestro pasado, desde el ayer mismo. al más lejano, supone pérdida tras pérdida, y es esa pérdida constante la que me hace ser como soy hoy.

Es por ello que aprenderemos que nuestra nueva fórmula con la que entender el adiós a partir de ahora, será la siguiente:

Perdida+ Aprendizaje= Adiós







DIFERENTES ADIOSES


Es cierto que hay maneras de decir adiós muy diferentes, dependiendo de a quien o a que, vaya dirigido.

Pero lo que nunca podremos olvidar, es que aunque las despedidas nos vengan impuestas, en muchos casos no elegidas, y en el peor de todos, sean pérdidas insustituibles e inesperadas, tenemos en nosotros mismos la fuerza y las estrategias para soportarlo, para elaborar ese duelo que se debe realizar en todos lo casos de cambios, de perdidas, de adioses.

El duelo es un proceso que pasa necesariamente por diferentes fases, no hay que obviar ninguna de ellas, y no debemos acelerar su consecución.

Dentro de su curso existe un principio claro pero un indudable y alcanzable fin.

No somos capaces de darnos cuenta de lo sometidos que estamos a constantes cambios.

Cada día y de manera automática, nos enfrentamos a perdidas pequeñas o insignificante, no superamos el proceso de duelo, y pueden irse sumando produciendo un gran malestar, del que no podemos identificar la causa.
Por ello, hay muchas veces, que pueden surgir problemas de adaptación, de estrés, de inadecuación, y como consecuencia, un estado de indefensión que nos deja expuestos a los avatares de la vida, con la creencia de que seremos incapaces de hacer nada por mejorar nuestra existencia.

Y es precisamente esa situación ante la que no exponemos con los virus emocionales.

La de una mente vulnerable, no inmunizada, diana de una visión propia de las experiencias tan distorsionada, que sufriremos, nos angustiaremos, ante cualquier dificultad o contratiempo.
Nos encontraremos sin la capacidad de decisión o de adaptación necesaria y sana, para seguir viviendo la vida de la manera más optima y serena.
Por eso debemos reconocer cada adiós y realizar ese proceso de duelo, para sacar ese aprendizaje que siempre lleva intrínseco.


Decimos adiós ante la elección de nuestra carrera profesional: Cuando abandonamos la tranquilidad que aparentemente ofrece estudiar lo que nos ofrece el colegio, sin la responsabilidad de tener que elegir nuestro futuro.


Decimos adiós ante el nacimiento de un hijo: Perdemos nuestra autonomía, nuestra independencia. Estableciéndose ese cordón umbilical invisible, que nos mantendrá unidos a él de por vida.


Decimos adiós por un cambio de domicilio o de trabajo: Dejamos compañeros y amigos. Y abandonamos la seguridad que nos da, conocer un escenario y una manera de actuar, a la que nos hemos acostumbrado en un entorno que nos resulta familiar.


Decimos adiós en una separación de pareja: Época de cambios a todos los niveles. Un verdadero duelo, en el que superar con éxito este trance de nuestra vida, será de vital importancia.


Decimos adiós, en el momento que nuestros hijos abandonan el hogar para empezar su vida de manera independiente: En ese momento deberemos armarnos de generosidad, para entender que aunque perdemos la sensación de necesidad que tanto nos llena, es el momento de dejar volar a nuestros polluelos.


Y por supuesto decimos adiós ante la perdida de un ser querido: El proceso tendrá como objetivo, que al llegar a su punto final, podamos recordar a la persona que se fue y ser capaces de sonreír






Comúnmente los consejos que damos en estas situaciones a los demás y que recibimos son:

-Venga tu puedes-
-Saldrás adelante-
- No llores más-
- No puedes quedarte en casa solo-
- Tómate esa medicación que te hará olvidar y dormir bien-


Realmente los mejores consejos serían:

- Es normal que no puedas-
- Con esfuerzo podrás salir-
- Llora todo lo que quieras y necesites-
- Solo desde tu soledad, podrás efectuar tu proceso de duelo-
- No tomes ninguna pastilla que anestesie tu dolor, será desde la verdad y la conciencia, como únicamente podrás elaborar tu nueva situación-





NUNCA PONER UNA TIRITA SIN CURAR LA HERIDA


Cundo nos hacemos una herida, sangra, y antes de taparla con cualquier apósito, deberemos curarla.

Si es una herida superficial y fácil de curar, podremos hacerlo en casa nosotros solos. Un poco de agua oxigenada o cualquier otro producto desinfectante casero, será suficiente y solo pondremos la tirita y la daremos por curada, cuando entendamos que esta lo suficientemente limpia, como para sanar sola.

Cuando la herida es profunda y tiene riesgo de infectarse y vemos que sola nunca curará, debemos confiar en los profesionales de la medicina, para ponernos en su manos y que hagan lo que consideren apropiado. Desinfectar, hacer curas periódicas, hasta que vaya cicatrizando, poco a poco, lo que llevará su tiempo.

Cada momento de cura dolerá, pero no tenemos más remedio que pasar por ello ,si queremos que sane de manera correcta, y que nos quede como recuerdo una cicatriz, no una herida mal curada, que en muchos casos pueda derivar en otro tipo de problemas o complicaciones de salud más graves.

Exactamente lo mismo nos ocurre con los duelos.

Cada adiós sería una herida que nos abre la piel, hay heridas muy leves, una adiós fácil de superar, pero no por ello hay que descuidarlo. Toda herida tiene que curarse, porque una pequeña lesión mal curada, suele llevarse de nuevo más golpes, siempre parece que nos volvemos a lastimar en el mismo sitio, por eso nunca se termina de curar, se abre la piel una y otra vez en la misma zona.
Y al final esa pequeña herida, puede acabar por convertirse en una lesión complicada e incluso incurable.

No desestimemos nunca un adiós, cada vez que dejamos algo, lo positivo sería realizar el trabajo personal de ponerle un fin, sacar una conclusión de esa experiencia, y sobre todo destacar y valorar el aprendizaje obtenido.

No deberíamos pasar a la lección siguiente si no hemos aprendido correctamente la anterior.


¿ Qué ocurre cuando la herida que nos ha producido un adiós es tan grave y tan profunda que nos vemos incapaces de curarla por nosotros mismos?

Primero y ante todo, no culparnos ni sentirnos débiles o inútiles por encontrarnos así.
Todo nuestro alrededor se ha derrumbado y tenemos que colocar de nuevo todo en su sitio. A lo mejor algunas cosas deben volver a su lugar y sin embargo otras deberán encontrar un nuevo hueco.

En eso consiste realmente el proceso de duelo. Debemos reestructurar de nuevo nuestra existencia, siguiendo adelante sin aquello que hemos perdido. Aprender que seguir adelante es necesario siempre y cuando sepamos donde están ubicadas todas nuestras cosas.


Ante la perdida de un ser querido, donde el adiós es tan doloroso, superar cada fase del proceso es necesario, para encontrar el lugar donde conviviremos con la persona que se fue.

Puede que ya no este a nuestro lado físicamente, pero está donde nosotros hayamos decidido colocarlo, no ha desparecido. Hemos debido aprender a establecer una nueva relación con esa persona, en la que al recordarle no sintamos dolor ni pena, sino bienestar y gratitud por haberle tenido y conocido.
Si al pensar en el ser querido, aparece en nuestro rostro una sonrisa, comprenderemos que hemos alcanzado la última fase. La herida ha cicatrizado, y nuestra cicatriz será un orgullo, como aquel que al enseñar sus cicatrices, cuentan su experiencia lleno de satisfacción.

Dicho así parece sencillo y poco perturbador, pero la verdad es que en casi todas estas ocasiones el sufrimiento en un principio es tal, que nos vemos incapaces de llevar a cabo cualquier conducta o estrategia que consiga aliviar nuestro dolor.



Llorar y querer estar solo es necesario, siempre y cuando no nos quedemos instalados en este estado, esto solo es uno de los pasos que hay que atravesar . Si encontramos dificultad para salir de él, o vemos que no nos deja avanzar la desolación, será mejor pedir ayuda con humildad y sin complejos.



Las etapas por las que atravesaremos en este tumultuoso trayecto serían las siguientes:


• Primero habrá una racha en la que no creeremos lo que está ocurriendo. Viviremos inmersos en una irrealidad, con momentos en los que entender lo que hemos perdido, nos producirán un profundo e intenso dolor.

• Después atravesaremos la época en la que la desesperación y la tristeza nos inundará de tal manera, que nos veremos incapaces de salir de una situación tan profunda y oscura, sintiendo rabia, ira e incluso cierta agresividad en muchos momentos.
• Por último ,poco a poco, y cada uno a su ritmo, iremos primero resignándonos y luego aceptando. Habrá días que de repente, sintamos de nuevo el escozor de la herida de manera intensa, la tristeza volverá a ser muy incapacitante, pero forma parte del proceso natural. No nos asustemos pensando que volvemos a caer y a desandar el camino trazado, es solo recuerdo de aquel dolor.

Lo importante es avanzar, no lo deprisa que lo hagamos. Y no podemos quedarnos instalados en una situación, donde nos regodeemos del dolor que estamos sintiendo. Corremos el riesgo de quedarnos presos para siempre.


No pasa nada por reconocer que hay algo que no podemos manejar, nadie nos explicó como superar la despedida de alguien, de alguien con el que compartíamos nuestra vida, y de la que de repente tenemos que prescindir.





UNA UNICA VERDAD: NUNCA NOS DIREMOS ADIOS


Si de algo podemos estar seguros y tranquilos es que nunca dejaremos de tenernos a nosotros mismos.

Como hablábamos en el tema del amor , lo importante es poder contar con nosotros en las peores experiencias. En el momento de decir adiós deberíamos tener la confianza, de que aunque la vida se vaya traduciendo en perdida tras perdida, sabemos que seguimos contando con el compañero de 24 horas al día.
Si hemos hecho esa labor preventiva e inmunizante, de ser lo que queremos ser y lo que más nos conviene, podremos vivir de manera plena y sin perder la ilusión.

Todo lo que nos pase en nuestra vida y todas las perdidas a las que nos tengamos que enfrentar, serán un obstáculo más que sortear en nuestra vida, pero nunca se convertirán en un muro infranqueable, que nos impida continuar nuestro camino.

Podremos seguir avanzando con la gratitud de habernos encontrado todas esas cosas y personas en nuestra misma vereda, compartirlas durante un tiempo, y saber que en algún momento deberemos decir adiós. Para continuar con la certeza de que hemos aprendido, hemos disfrutado, o incluso sufrido juntos, pero que debemos saber dejar cada cosa en su camino, en el momento que así suceda.

Por eso todo depende, hasta lo más duro que puede ser la muerte, de como estemos inmunizados emocionalmente. Si nuestro sistema de defensas es amplio y sólido, podremos enfrentarnos a todo lo que la vida nos tenga preparado.

Vivamos por tanto, cuidando en todo momento nuestras reservas, para no dejar que nos invadan agentes extraños, todo, todo, está en nosotros mismos y en lo fuertes y capaces que nos sintamos. Cuidémonos.

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